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Cuesta mucho ser agradable PDF Imprimir Enviar a un amigo
lunes, 28 de marzo de 2005
Las columnas de opinión serias no tienen por qué ser duras. "Cuando tengo que escribir una mordaz columna, intento imaginarme a mí misma como Emma Peel, vestida con unas mallas de cuero negro, dando una patada de Kung-Fu a cualquier diabólico cerebro que se lo merezca".

Lucy Kellaway

Yo no he escrito estas palabras y, espero que ni por un momento, ustedes tampoco lo hayan pensado. Era el principio de una columna que escribió Maureen Dowd, de The New York Times, el pasado lunes, en la que decía lo difícil que era la vida para la única mujer columnista de ese periódico. Pero, antes de que trate el tema de las mujeres columnistas, la escasez de éstas, lo dura que es su vida y si nos debería importar, me gustaría volver a esas palabras.
Nunca he tenido la oportunidad de conocer a Maureen Dowd, pero apuesto lo que sea a que no piensa ni en Peel, ni en mallas, ni en Kung-Fu.

Cuando voy a escribir una columna un tanto dura, normalmente me siento tranquila y relativamente alegre. De acuerdo con mi experiencia, me resulta grato escribir columnas de este tipo. Por ejemplo: imagínense que un gran banco entrega a todos los empleados un folleto con 123 normas de oro sobre el comportamiento que deben cumplir todos los días. Mi reacción consiste en escribir un cáustico texto de mil palabras. Cuesta más escribir columnas agradables. Pero las más difíciles son las que requieren un mayor grado de sutileza.

Volviendo a las mujeres columnistas:si apenas hay ninguna seria en EEUU se debe a que, según Dowd, a las mujeres les cuesta ser desagradables. Y si no les cuesta nada, se arma una gorda, ya que a los hombres no les gusta recibir críticas de las mujeres, lo cual, según ellas, tiene que ver con algún tipo de complejo de castración. A modo de conclusión, Dowd asegura que tiene que haber un montón de brillantes mujeres columnistas escondidas en alguna parte. “Nosotras sólo tenemos que encontrarlas y alimentarlas”. No estoy muy segura de quienes somos "nosotras", pero vale.

Sobre la escasez de mujeres columnistas serias, ése no es el caso de Reino Unido. Hay millones de ellas. No sólo de las que escriben textos sin sustancia, sino también de las serias. Polly Toynbee, Melanie Phillips, Julie Burchill, Ann Leslie, Deborah Orr y Jackie Ashley pertenecen al equipo de primera división. Pero hay muchas más en el de segunda y tercera. La mujer más poderosa del mundo empresarial británico debe ser estadounidense (también es mi jefa, Marjorie Scardino, por lo que he de tener cuidado), pero resulta agradable saber que en el campo de las columnistas le llevamos la delantera a EEUU.

La dureza de las columnas no supone ningún problema, tampoco el intercambio de opiniones. De hecho, algunas de las mujeres columnistas son tan dogmáticas que pueden llegar a dar la impresión de estar un poco desquiciadas –aunque quizá el hecho de estar desquiciado puede suponer una ventaja en esta profesión–.

Sobre el siguiente punto: "Los hombres no agradecen los sermones de una mujer", afirma Dowd. Lo cierto es que, en la vida real, los hombres no soportan los sermones de nadie. En estos años, he entrevistado a muchos empresarios importantes y lo que escribía luego no era precisamente adulador. A la mayoría no les gustaban mis textos, incluso algunos llegaron a quejarse. Sin embargo, no decían si yo les recordaba a sus madres o a sus mujeres. Sospecho que el hecho de ser una mujer era relevante.

En respuesta a la columna de Dowd, Anne Applebaum (de The Washington Post) dice que no se considera ni una escritora, ni una estadística, ni una mujer florero. Es simplemente una columnista. Por el contrario, a mí no me importa que la gente sepa que soy una mujer. Al fin y al cabo, eso es lo que soy. Tampoco me importa ser una mujer florero. El hecho de ser mujer me ha ayudado en muchas cosas durante toda mi vida, por lo que me siento agradecida. Deborah Tannen de Los Angeles Times pone en duda que las columnas serias tengan que ser precisamente duras. Considera que ese tipo de periodismo es más típico de los hombres. No estoy de acuerdo. Si la mayoría de las columnas son desagradables es porque éstas resultan más fáciles de escribir y a los lectores, hasta cierto punto, les gusta.

Aunque con esto tampoco quiero decir que los hombres y las mujeres escribamos de la misma forma. Por ahora, me atrevo a decir que las mujeres saben conectar mejor con el lector, y lo consiguen escribiendo tal y como sienten las cosas. Tratar de imaginarse a una misma vestida con unas mallas de cuero cuando una escribe tal cosa no tiene sentido.

Fuente: Financial Times
www.ft.com
 
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