
26 de febrero de 2005
José Ramón PIN ARBOLEDAS
Cuando en 1968, me incorporé a la tercera promoción del Master en Economía y Dirección de Empresas (hoy MBA-Master in Business Administration) del IESE, el empeño era una aventura en cierta medida incierta. Después de siete años de carrera de Ingeniero (plan 1957, que constaba de un curso selectivo en la facultad de ciencias, otro de iniciación en la escuela y cinco años de carrera) algunos de mis amigos decían: ¿Master?, pero, ¿para qué quieres ser maestro si ya eres ingeniero? Era una cultura universitaria que acababa con la licenciatura. Algunos –los que querían dedicarse a la enseñanza universitaria- se doctoraban. El postgrado lo contemplaban muy pocos y menos lo hacíamos. En muchos casos era sustituido por las “oposiciones” a la Administración Pública, nunca para trabajar en la empresa.
Ahora es raro encontrar un universitario que no piense en hacer un postgrado, Master o Doctorado, a tiempo completo o a tiempo parcial, en España o en el extranjero, para dedicarse a la empresa como directivo o montar la propia. Son cuarenta años desde que el IESE inició su andadura universitaria con el título Master, el primero en Europa según mis noticias. Su influencia ha sido, en mi opinión, profunda.
Profunda en los miles de graduados MBA salidos de sus aulas. Profunda en el efecto que produjo esa primera oferta de MBA en otras instituciones españolas, que hoy figuran en los rankings mundiales como las mejores Business Schools del mundo. Profunda porque esas instituciones han ayudado a modificar radicalmente la cultura de nuestras empresas. Me gustaría dirigir una tesis doctoral en la que se analizase esa influencia. Preguntar a muchos dirigentes españoles que han pasado por las Escuelas de Dirección españolas en que creen que les modificó su forma de pensar y de hacer en la empresa.
En el IESE a la decisión de lanzar esa oferta universitaria para profesionales de la empresa siguió una evolución permanente. Se internacionalizó desde el principio. Profundizó esa vocación internacional con la contratación de un claustro cada vez más plural, formado en universidades de otras latitudes. Se ha convertido en un programa bilingüe, con clara preponderancia de la lengua franca de los negocios internacionales, el inglés. Ello ha facilitado el gran porcentaje de alumnos extranjeros de lengua no española; en este momento el programa es pluricultural por sus contenidos, sus profesores y la procedencia de sus alumnos. Los intercambios en determinados trimestres con alumnos de otras universidades de todo el mundo abundan en este aspecto.
La dedicación a la innovación y el emprendedor desarrollan vocaciones empresariales. Hay notables iniciativas nacidas al albur de la asignatura NAVES Nuevas Aventuras Empresariales). Los aspectos tecnológicos han progresado como lo ha hecho el mundo empresarial, aunque nada sustituye a la pizarra como instrumento pedagógico. Todo ello ha seguido la evolución de este tipo de programas en las más avanzadas universidades de esta especialidad.
Pero si hay algo que dé personalidad propia a un MBA, es la capacidad de influir en sus alumnos transformándolos. Un MBA no es un curso informativo, sino formativo. No basta dar conocimiento sobre la empresa y su entorno, debe formar cabezas y caracteres. Crear personas con virtudes, dispuestos a servir a sus empresas y a la sociedad que las hace posibles.
En este campo la responsabilidad de las Business Schools es enorme. Cuando empecé en el MBA podría decirse que “una empresa era como la sociedad en que se movía”. Hoy la realidad es que “la sociedad es como las empresas que la componen”. Nos vestimos, comemos, nos divertimos y pasamos la mayor parte de nuestra vida útil en las empresas. Estamos influidas por ellas, y ellas son las personas que las componen, en particular sus directivos; y los centros de formación de los directivos son las Escuelas de Dirección, especialmente sus programas MBA.
Por eso, desde el principio, el enfoque del programa del IESE fue humanista, y –cada vez más- las asignaturas relacionadas con la dirección de personas, la propia personalidad del directivo y la responsabilidad ética y social de la empresa se han ido desarrollando con fuerza.
No se trata sólo de un período de aprendizaje hacia fuera. Nuestro principio de enseñanza es la mayéutica socrática. El mensaje del oráculo, “conócete a ti mismo”, es una de nuestras máximas. De nada valdría el mejor especialista en finanzas si no es capaz de entender su aversión al riesgo y la razón por la que toma decisiones excesivamente prudentes o al contrario. De nada valdría ser experto en comunicación si no es para transmitir la verdad. De nada valdría un hábil generador de negocio si es sólo para su lucro personal.
Y ése es el aprendizaje más difícil. Aprendizaje introspectivo, al que ayudan los profesores, los compañeros en los trabajos en equipo y las sesiones generales, los tutores y los expertos en competencias y psicología del directivo. Pero, sobre todo, requiere un esfuerzo de reflexión propia. Por eso es necesario un programa largo de dieciocho meses, no es una tormenta que empapa superficialmente, sino una lluvia fina que cala en profundidad.
Además, se realiza en un período adecuado, acabada la carrera universitaria y después de una primera experiencia profesional. Cuando el carácter parece irse conformando y es tiempo de cuajar las fortalezas y conocerse para preparar los planes personales de mejora. Un momento para esta experiencia universitaria, quizás la última que permite esta intensidad.
En crear el clima de aprendizaje adecuado para esta transformación personal el IESE lleva cuarenta años empeñado a través de su MBA. Las personas que pasaron por sus aulas en ese postgrado lo han experimentado. Nos queda seguir con los actuales y los futuros directivos. Si los transformamos en mejores personas y, por consiguiente, en mejores directivos o directivas, ésa será nuestra mejor aportación a la sociedad.
José Ramón Pin Arboledas es profesor del IESE
Fuente: La Razón
www.larazon.es