
El éxito de un máster o un posgrado en siglo XXI reside en varias condiciones. La primera es ofrecer al alumno una especialización profesional, los conocimientos suficientes para que sea capaz de diferenciarse del resto de profesionales de su campo. La formación posuniversitaria ha de ofrecer al alumno los conocimientos prácticos e instrumentales que el mercado laboral exige y que no ha podido adquirir durante la enseñanza universitaria.
La segunda es incluir en la programación prácticas profesionales: de nada nos servirá tener meros conocimientos teóricos de las últimas novedades en nuestro campo, si no los hemos llevado a la práctica previamente. Es el primer paso para familiarizarse con la profesión, trabajar con casos prácticos o bien hacer prácticas en empresas del sector. Es una buena manera de asegurarnos de que el alumno reciba una preparación destinada al ejercicio de una práctica profesional de calidad y, sobre todo, ajustada a la realidad de cada especialidad.
La tercera condición está relacionada con la flexibilidad horaria. El curso ha de tener un horario flexible, fácil de combinar con la ocupación profesional de los participantes. De hecho, tienen gran aceptación los horarios de fin de semana o de un solo día intersemanal, de manera que la formación posuniversitaria no suponga un obstáculo para cumplir con los compromisos profesionales.
A su vez, otro factor a tener en cuenta es si el máster o posgrado ofertado está respaldado por alguna institución o fundación de prestigio. El trabajo conjunto entre ambas entidades (la que imparte el curso y la que lo avala) es muy importante a la hora de consolidar un programa formativo. El hecho de que un posgrado o un máster obtenga el reconocimiento de una institución o fundación experta en la materia impartida, y éste a su vez quede reflejado en diploma otorgado, supone para la actividad formativa tener más garantías de éxito en el mercado formativo y para el alumno, un aval sobre la calidad del programa.
Por último, no hay que olvidar que el equipo docente que imparte el curso y el personal que atiende al alumno constituyen dos elementos muy importantes de cualquier acción formativa, sobre todo en el caso de la especialización profesional. El profesorado debe estar formado por un equipo de reconocida trayectoria y suficiente bagaje práctico, compuesto por especialistas que sepan transmitir sus conocimientos profesionales. El personal del centro, por su parte, desarrolla una labor continua que permite incrementar la calidad del máster o posgrado: desde facilitar las gestiones académicas hasta brindar al alumno una atención óptima. Sólo con el respaldo de un excelente equipo profesional y humano se consigue dotar de un importante valor añadido al programa formativo, así como ofrecer una imagen de seriedad y control frente a la gran oferta de cursos posuniversitarios que se presentan en el mercado.
En cuanto a las áreas formativas que más van a predominar del siglo XXI, a parte de las ya catapultadas carreras informáticas y las relacionadas con las nuevas tecnologías, se prevé una revalorización de las disciplinas humanísticas.
Estamos en la era de las tecnologías y de la digitalización, no obstante seguimos teniendo problemas personales y laborales, a los que tendremos que añadir los que llegaran con el nuevo siglo, como la falta de comunicación interpersonal.
En definitiva, el entorno tecnológico nos aísla cada vez más y con ello se incrementan los problemas de relación con los demás.
En la actualidad podemos apreciar que la formación, por muy técnica que sea, está recibiendo cada vez más un enfoque humanístico, por ejemplo incluyendo asignaturas donde se destaca el factor humano.
Por lo tanto, especialistas del ámbito de la psicología, de la comunicación, de la educación y de la salud van a experimentar una creciente demanda por parte de la sociedad de este nuevo siglo.
ISEP Instituto Superior de Estudios Psicológicos