
Anda muy preocupado un amigo mío, joven empresario, porque su padre desde que se jubiló está muy deprimido y, harto de “no hacer nada”, ha pedido su reincorporación a la empresa para “echar una mano” y ejercer como director comercial en la sombra, ya que es aquí donde él cree que su experiencia es aún necesaria.
Su padre, un emprendedor a la vieja usanza, ha dedicado toda su vida a crear y desarrollar la empresa familiar que él ahora dirige. Es una empresa consolidada, rentable, de producto maduro, con pocos riesgos, que da trabajo a treinta personas. Como todas las empresas familiares, tuvo problemas financieros en sus comienzos, que el padre de mi amigo logró solventar como pudo (“con trabajo y mucho sentido común”).
Huelga decir que el padre de mi amigo era una de esas personas que “vive para trabajar” y, aunque tenía mujer e hijos, la prioridad ha sido siempre “su empresa, su trabajo, sus empleados”.
Durante la semana trabajaba una media de quince horas diarias. Los domingos dedicaba la mañana a revisar los balances financieros que el contable le pasaba, por la tarde cuando cuadraba iba al fútbol o la aprovechaba para salir con su mujer o los niños, sobre todo cuando éstos eran pequeños.
Los años fueron pasando, la empresa se fue consolidando y aunque ya no tenía apuros financieros, siguió trabajando duro, al mismo ritmo que lo había hecho siempre. Durante el verano la familia pasaba el mes de agosto en la playa, pero él sólo aguantaba tres días. Enseguida volvía a lo suyo: la empresa.
Como era un hombre que “se había hecho a sí mismo” tuvo el empeño que todos sus hijos estudiasen carreras universitarias y no escatimó dinero para que las completases con los “master” necesarios. Siempre pensó que sus hijos le sucederían en la empresa y quería que estuviesen muy preparados.
No se puede decir que practicase un estilo de vida saludable (su vida era sedentaria en exceso), pero gozaba de buena salud. No obstante, un día cuando acababa de cumplir los 63 años le dio un infarto y a la fuerza tuvo que alejarse de la empresa durante casi un mes.
Como el infarto apenas le dejó secuelas rápidamente volvió a su puesto de Gerente de la empresa. Prometió dejar de fumar, renunciar a las comidas de negocios, viajar menos, delegar más en sus hijos, hacer deporte, tomarse las cosas menos a pecho, etc… No cumplió ninguna de sus promesas. A los tres meses su vida era literalmente “como siempre”, sólo que tenía que tomar algún que otro fármaco.
Tiempo después costó “Dios y ayuda” convencerle para que se jubilase a los 65 años. No quería. Hubo que elaborar un protocolo familiar en el que él conservaba casi todo “el poder” y podía ejercer “el control” a su modo y manera, aunque sin interferir con su hijo mayor, mi amigo, que fue promovido a Gerente de la Empresa.
Ahora con 66 años y tras casi un año de andar de la “ceca a la meca”, de viajar de un sitio a otro (lo cual encantaba a su esposa), ha dicho que “no puede más, que se aburre, que desea reincorporarse a la empresa porque necesita volver a “sentir que está vivo”, “sentir que le hierve la sangre trabajando” y para ello nada mejor que el Departamento Comercial.
Los informes médicos dicen que su salud no es muy buena, pero él lo niega. Está convencido que volviendo a trabajar en su empresa se le pasará todo el desánimo que ahora tiene.
¿Qué hacer? ¿Aceptar su propuesta? ¿Colocarle dónde él quiere? La verdad es que llevo varios días dándole vueltas al tema y no encuentro ninguna solución adecuada, todas tienen muchos inconvenientes.
No es fácil satisfacer sus deseos, pero si no se atiende su petición se corren riesgos de conflictos familiares poco deseables en los cuales las pérdidas afectivas son irreparables. Por otra parte, conociéndole (es un hombre que lo quiere controlar absolutamente todo) se sabe que volver a ocuparse del departamento comercial comporta muchos riesgos tanto para los vendedores como para los clientes. El equipo comercial ha sido cuidadosamente seleccionado en el último año, además todos sus vendedores se han formado en la filosofía CRM, filosofía que comparten y aplican. Por otra parte, cualquier otro puesto que ocupe plantea dilemas similares.
Estará de acuerdo el lector que el caso no es fácil, que haga lo que se haga existen riesgos personales, profesionales y empresariales. Admito que en el fondo de la cuestión cualquier solución debe venir presidida por la idea de “buscar lo mejor para todos” y la de “actuar pensando en el bien de la empresa”. También creo que no le falta razón a mi amigo cuando dice que su padre quiere volver a la empresa para “morir con las botas puestas”.
Francisco Ramos
Profesor Titular de la Universidad de Salamanca
Fuente: Revista Empresa